¿Quién dice la gente que soy?

Sí… uno no vive de lo que dicen o piensan los demás. Pero se me metió en la cabeza una idea insistente que me asaltó con una pregunta: Si alguien decide hacer un docu-reality sobre mi vida, y colocan un entrevistador para hacerle preguntas a las personas que giran en torno a mí, ¿qué dirían todos ellos sobre David Noboa?

David Noboa es un gran amigo. Es un hombro para llorar, un oído atento, una palabra sabia. Un hijo abnegado, un hermano leal. Mentor atinado, trabajador incansable, líder y estratega.

Sería lindo escuchar algo así. Y con lo ansioso que soy probablemente me tendrás allí buscando a los interrogados para decirles que sean benévolos conmigo. Me encantaría decirles que no hablen sobre mis malgenios, que se callen los exabruptos, que obvien mis desatinos. Les pediría de favor que no cuenten las vergüenzas de mi niñez ni los desenfrenos de mi adolescencia. Pero ya sabemos que las docu-series no funcionan de esa manera.

De todas formas, es más crítico pensar en lo que dirán los más cercanos, los que me ven puertas adentro, esos a quienes no les puedo esconder nada.

David Noboa ha sido el mejor padre de la historia. No pude recibir mejor regalo del cielo que un padre presente, comprensivo, tierno y afectivo. Ha sido un guía, un ejemplo en todo, siempre me ha dicho lo que he necesitado escuchar. Siempre estuvo allí para mí, y nada se compara a tenerlo cerca.

Quisiera que ellos mencionen algunas frases semejantes a esas, pero la vida les ha mostrado más de mí que lo que se puede ver detrás de una vitrina de vidrió meticulosamente aseado. Lo he visto enojarse, dirán, hasta golpear las paredes. Calla demasiado sus pensamientos y sufre en soledad sus desgracias. Se frustra con facilidad y es gracioso cuando se le escapa una que otra grosería. Tiene buenas intenciones pero me hizo llorar más veces de las que puedo contar. Más de una vez se me ha desplomado del pedestal en donde lo puse.

Y si la pregunta recae sobre mi compañera de vida, la piel se me eriza de sólo pensar en sus palabras. Estaría allí, frente a ella, haciéndole señas para que no hable más de la cuenta. Con todo y todo, me tocará callar y escucharle hablar.

David Noboa no es sólo mi cónyuge. Es mi camarada, mi alma gemela, mi consorte por la eternidad, la palabra precisa y la sonrisa perfecta (como lo cantó Silvio).

La verdad es que más de una vez mis palabras fueron hirientes, mi sonrisa está lejos de ser perfecta, y mis ausencias involuntarias y aperiódicas son inexcusables. Lo amo de verdad, pero la lista de peros se ha incrementado con los años.

Y no, claro que no quisiera que se cuenten las cosas negativas. Ojalá pudiera extraer de mi historia los negativos y sacarle el veneno a mi pasado para que se cuente solo el bálsamo. Pero no, eso no sucede en la vida real, ni en las docu-series.

Lo que puedo afirmar a todas luces es que en este andar de años, a pesar de los tropiezos, las malas ganas, las depresiones y las destemplanzas, he tenido la gracia de ser sanado, restaurado y puesto a prueba nuevamente. Cada día que pasa quiero convertirme en la versión corregida y aumentada, digna de ser contada, digna de ser narrada.

Y si, al final de todo, el periodista me cita para hacerme la misma pregunta, le diría que asumo la responsabilidad por el pasado y por el presente, pero el futuro es una historia en construcción, un postre a medio terminar, una casa que aún carece de acabados, un campo que aún necesita ser sembrado. Ese es David Noboa.

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